Aunque la conversión a Cristo es un acto personal de arrepentimiento y fe, el propósito de nuestra salvación no es que uno se quede solo, encontrando su propósito en sí mismo. Sin negar la importancia de una constante meditación personal con Dios en la vida de un cristiano, reconocemos que hemos sido creados para comunión y comunidad.

Un marco para entender toda la biblia es que a lo largo de la Biblia vemos a Dios formando “comunidades-centradas-en-Dios.” La primera comunidad bíblica es el Huerto del Edén. Allí vemos a Adán y Eva viviendo en total paz con la persona de Dios en el centro de sus pensamientos y actividades.

Luego encontramos a Noé y su familia. La maldad de la humanidad era tanta que Dios destruyó esa generación violenta y corrupta para comenzar de nuevo con una familia justa. Tristemente, los efectos de la caída del hombre persistieron, y el mundo volvió a su rebelión contra Dios. Llegamos al momento en que Dios decide separar a Abraham y la nación de Israel. Ahora vemos la idea de una comunidad-centrada-en-Dios como un grupo aparte dentro de la sociedad en general. Más adelante, cuando la nación de Israel está dispersa y disuelta se ve a Dios obrando principalmente con “el remanente”, los verdaderos creyentes dentro de la nación de Israel.

Así que, cuando Jesús en Mateo 16 declara, “edificaré mi iglesia”, Él anuncia la llegada de la actual comunidad-centrada-en-Dios. El Apóstol Pablo despliega maravillosamente para nosotros que esta nueva entidad, la iglesia, la nueva comunidad-centrada-en-Dios, no es sólo para los judíos; se formará por judíos y gentiles para ser “un templo santo en el Señor” (Efesios 2).

La iglesia de Cristo existe hoy en todo el mundo en grupos pequeños de cristianos que se reúnen frecuentemente en iglesias locales para adoración, oración, y la enseñanza de la Palabra de Dios. Son comunidades cristianas donde la unidad en Cristo traspasa las barreras sociales, étnicas y económicas, porque delante de Dios todos somos iguales- pecadores salvos por gracia.